“EL SORTEO”

La foto refleja el sorteo de esa clase 1962 que fue mayoritariamente a Malvinas, también hubo clase como la mía 1961 y anteriores que por prórrogas secundarias y universitarias también formamos parte e hicimos el servicio militar junto a la clase sorteada.

Esta imagen parece solo una página de diario, pero para mí es mucho más que eso, es el día que mi destino empezó a tomar forma sin que yo lo supiera. Entre esas miles de cifras impresas en tinta están los números que marcaban quienes debían cumplir el servicio militar obligatorio. Detrás de cada número había un nombre, una familia, una vida entera por delante.

El sorteo se hacía todos los años y era público, se realizaba por número de documento y definía quienes debían incorporarse a las Fuerzas Armadas, ósea quienes debían cumplir con el servicio militar obligatorio “la colimba”. Se realizaba un sorteo público en el que se asignaba un número de entre 000 y 999 a cada combinación de los últimos tres dígitos del Documento Nacional de Identidad de los varones de la clase que cumpliría 18 años en el siguiente año.

Este sorteo se hacía con un tambor lleno de 1000 bolillas, supervisado por la Lotería Nacional y por el Notario General de la Nación, y se transmitía por radio y se publicaba en los diarios.

No era “salvarse por número bajo “como se recuerda popularmente, sino que la autoridad militar luego establecía -sobre las bases de las necesidades y cupos de reclutamiento- un número de corte o de admisión.

Los varones cuyo número de sorteo era mayor que ese número de corte y que también pasaban el examen médico eran convocados al servicio militar.

Por el contrario, los que tenían números de sorteo por debajo del número de corte quedaban exceptuados y no debían incorporarse ese año.

Una vez convocado, el número de sorteo también influía en el destino dentro de las Fuerzas Armadas: los números asignados más bajos entre los convocados eran derivados al Ejército; los intermedios a la Fuerza Aérea y los más altos a la Armada. Además del sorteo, había excepciones legales, como así también hijos únicos siendo sostén de madre viuda, pero esto se definía por la ley y no por el número de sorteo.

Recuerdo la espera, la ansiedad, la radio encendida. nadie imaginaba entonces que ese sorteo, que parecía un simple trámite, terminaría llevando a muchos de nosotros a una guerra, nadie pensaba en Malvinas, nadie pensaba en el frío, en el miedo, en la distancia, en la muerte, pero ese papel fue el primer paso,  esa hoja amarillenta es parte de mi historia y de la historia de miles de jóvenes que dejamos de ser chicos demasiado pronto.

Esta no es solo una noticia, es el comienzo de un camino que nos llevaría a Malvinas y que nos marcaría para siempre.

 “EL DESPUÉS DEL SORTEO”

En esta foto estamos nosotros, jóvenes en fila, esperando. Cada uno con un papel en la mano y una historia todavía sin escribir. Nadie habla demasiado, las miradas dicen más que las palabras.

Después del sorteo venía este día, el día de la citación para la revisación médica, era el segundo paso, el momento en que el número dejaba de ser un papel y empezaba a convertirse en destino.

Nos convocaban en grupos a cuarteles, hospitales militares o dependencias del ejército. Llegábamos temprano, formábamos fila y esperábamos turno, algunos trataban de disimular los nervios, otros miraban el piso, todos sabíamos que de esa revisión dependía nuestro futuro inmediato.

Los médicos nos revisaban uno por uno: peso, altura, vista, oído, presión, estado físico general. Buscaban saber si estábamos “aptos” para el servicio militar. Si encontraban algún problema de salud o alguna otra condición, podías quedar exceptuado, si estabas sano, quedabas oficialmente incorporado.

Ahí se terminaba la espera.

Ahí se acabaron las dudas.

Ahí ya no había vuelta atrás.

El que salía apto sabía que en poco tiempo iba a dejar su casa, sus estudios o trabajo, su barrio y su familia para ponerse un uniforme. No sabíamos a donde nos mandarían, ni en que fuerza, ni que nos esperaba, solo sabíamos que la vida estaba a punto de cambiar.

Hoy miro esta imagen y veo algo más que una fila de jóvenes. Veo miedo, incertidumbre, coraje, chicos que todavía no sabían que algunos terminaríamos en Malvinas. Veo una generación que dejó de ser joven demasiado pronto.

Esta foto no es solo un trámite, es el instante en que el destino empieza a tomar forma, es la antesala de una historia que nos marcaría para siempre.

 “MI NOMBRE ESCRITO EN LA HISTORIA”

Cuando ingresé al servicio militar, en mi caso al Regimiento de Infantería Mecanizada 7 Coronel Conde, La Plata, una de las primeras cosas que me solicitaron fue el Documento Nacional de Identidad. Ese pequeño cuadernillo que hasta entonces llevaba en el bolsillo, que me acompañaba a todos lados y que decía quién era, pasó a quedar en manos del Ejército. Desde ese momento quedó guardado en el regimiento al que fui destinado, como ocurría con todos los soldados.

Ya no era solo un ciudadano común, pasaba a ser parte de una institución, con reglas, horarios, órdenes y un destino que no había elegido. El documento quedaba allí hasta el momento que nos daban la baja (significaba que el soldado completo su entrenamiento y posteriormente cumplió su período de servicio de forma completa y satisfactoria) en mi caso la baja la obtuve en diciembre del año 1981, en ese momento nos devolvieron el DNI junto con un certificado que acreditaba que habíamos cumplido con la patria.

Cuando me la entregaron, deje de ser solo un pibe, pase a ser un soldado de la Patria, en sus páginas quedo escrito mi nombre, mi número, mi destino, mi unidad. También quedó marcada una etapa que nunca se borra, la de haber sido parte de una generación que fue llamada a defender la bandera.

Esta foto me lleva al mes de marzo del año 1981, a la Estancia “Los Cerrillos”, ubicada en San Miguel del Monte Pcia de Buenos Aires, en este lugar la unidad hacia su instrucción militar (En el entrenamiento básico, a los reclutas se les enseña ejercicios, armas y seguridad en el lugar de trabajo, mantenimiento de equipos básicos, tiro, técnicas de campo, uso de radio y operaciones defensivas/ofensivas)

En la foto se encuentra(centro) el cabo Manuel Medina, a la derecha de la imagen el suboficial instructor Máximo Terreno, quien además fue mi compañero de carpa en nuestra posición en Malvinas y yo. Con  él compartí el frío, el hambre, el cansancio y el silencio, como así también los pensamientos que no se decían y las noches interminables, en Malvinas no solo se combatía contra el enemigo, sino también contra el miedo, la soledad y la nostalgia de casa. 

 

“LA VACUNA”

 

Esta vacuna se nos daba cuando ingresamos al servicio militar, posterior a la instrucción, para “librarte de todo mal”, la misma era muy potente, se llamaba TabDiTe “La vacuna de la colimba”. Te inmunizaba (de ahí su nombre) contra el Tifus, Difteria y Tétanos como por 5 años. En muchos casos producía desmayos, levantaba fiebre y malestar en el cuerpo.

Una vez que era colocada la vacuna, se daba un día de descanso, ósea, sin actividad física por la molestia que podía producir la misma, en mi caso la aplicaron debajo del omóplato en una sola dosis y no causó molestia en mi cuerpo. El mismo contenido de la jeringa servía para inocular a varios soldados.

Después con el paso del tiempo se colocaba en “Dos cuotas”, una en cada brazo, y con un par de meses entre una y otra.